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LA
PALABRA
DE LOS SANTOS
Laureano J. Benítez
Grande-Caballero
Ed. Desclée de Brouwer, Bilbao
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Capítulo
5
La zarza ardiendo:
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5.1
Respirando la misericordia (SAN BERNARDO)
Cuando nosotros pedimos alguna
gracia a Dios, nos da lo que nos conviene o alguna cosa mejor de la que le
pedimos. Dios permite muchas veces que padezcamos la tribulación para probar
nuestra fidelidad y para que adelantemos en el espíritu.
A veces se pierde el fruto de
la oración por el abatimiento del espíritu y un temor inmoderado. Esto sucede
cuando el hombre de tal manera piensa en su propia indignidad, que no vuelve los
ojos a la bondad de Dios, ni acierta a considerar que un abismo llama a otro abismo: o sea,
el abismo luminoso al tenebroso, el abismo de la divina misericordia al abismo
de nuestra miseria.
La oración debe proceder del
afecto fervoroso, y no ser tibia. La oración tímida no penetra los cielos,
deteniéndola el excesivo temor y haciendo que no sólo no suba lo alto, sino que
ni pase adelante. La oración tibia en la misma subida desfallece, falta de calor
y vigor para subir. Mas la oración fiel, humilde y fervorosa, sin duda penetra
los cielos, de los cuales nunca volverá vacía.
5.2 Dios
siempre escucha (SAN
BERNARDO)
¿Quiénes somos nosotros o cuál
es nuestra fortaleza, para poder resistir a las tentaciones que nos acosan? Esto
era lo que Dios buscaba de nosotros, a ese conocimiento nos quería traer, para
que, viendo nuestra flaqueza y que no tenemos otro amparo, corramos a su
misericordia con toda humildad. Por eso debemos recurrir siempre al seguro
refugio de la oración.
Pero siempre que hablo de la
oración me parece estar oyendo los mismos lamentos: ¿De qué nos sirve la oración
si, aunque nunca cesemos de orar, apenas notamos fruto alguno? Como llegamos a
la oración, así salimos de ella: nadie nos responde una palabra, nadie nos da
nada, sino que parece que hemos trabajado en vano.
Mas en esto sigue el juicio de
la fe, y no el de tu experiencia; pues la fe es siempre verdadera, y la
experiencia muchas veces engañosa ¿Cuál es, pues, la verdad de la fe, sino lo
que promete el Hijo de Dios?: «Cualquier
cosa que pidáis con fe en la oración, la conseguiréis». Ninguno de nosotros
tenga en poco su oración, porque os digo de verdad que no la tiene en poco aquel
Señor a quien se hace. Antes que salga de vuestra boca, la manda escribir en su
libro; y una de dos cosas debemos esperar sin ninguna duda: o que nos dará lo
que pedimos, o lo que más nos conviene. Nosotros no sabemos orar como conviene,
pero el Señor tiene misericordia de nuestra ignorancia y, recibiendo
benignamente la oración, de ningún modo nos dará lo que para nosotros no sería
útil, o lo que no es preciso que se nos dé tan pronto; pero nuestra oración no
será infructuosa.
5.3 La unión de amor (JULIANA DE NORWICH)
En la unión de amor florecen
todas las virtudes. El alma reconoce con inmensa satisfacción la hermosura
celestial y divina de que se encuentra ahora adornada. Pero sabe que todas estas
riquezas se las debe únicamente a la mirada en que le ha envuelto Dios, y no
quiere utilizarlas más que para contentar y agradar con ellas al
Dador.
Hay que alejar todo lo que estorbe
esta santa y feliz vida de amor. El Señor mismo se encargará de hacer
desaparecer todo lo que sea obstáculo a la permanencia y estabilidad de esta
unión. Él introducirá al alma «en el ameno huerto deseado», donde ésta pueda
permanecer junto a su Amado y reposar a su sabor sin el menor estorbo que la
turbe. Puesta en la soledad más completa y pacífica, Él la irá instruyendo en
los secretos misterios de su sabiduría, abrasándola en el fuego de su amor. No
hay criatura alguna capaz de barruntar algo siquiera de lo que Dios reserva al
alma, a la que ha acogido y escondido en su propio seno para
siempre.
5.4 Un tesoro que nunca perece (JULIANA DE NORWICH)
La oración es una
voluntad verdadera y permanente del alma, unida y atada a la voluntad de nuestro
Señor, por obra dulce y secreta del Espíritu Santo. Nuestro Señor mismo es el
primer receptor de nuestra oración, la acoge muy agradecido y, complaciéndose en
ella, la manda allí arriba, donde será guardada en el tesoro que nunca perecerá.
Allí está nuestra plegaria, delante de Dios y de todos sus santos, recibiéndola
continuamente, ayudando siempre a nuestras necesidades. Y cuando empiece nuestra
bienaventuranza nos será devuelta con mayor grado de alegría.
Reza interiormente aunque
pienses que no te apetece; sin embargo, es bastante provechoso, aunque no lo
sientas. Reza interiormente aunque no sientas nada, aunque no veas nada, aunque
pienses que no puedes, pues en la sequedad y en la aridez, en la enfermedad y en
la debilidad, tu oración sigue siendo agradable a Dios.
Dios es el fundamento de
nuestra oración. Es su voluntad que obtengamos lo que pedimos, pues, si es Él
mismo quien nos hace desearlo y pedirlo, entonces ¿cómo puede ser que no
obtengamos lo que pedimos? Ningún hombre puede pedir misericordia y la gracia
con verdadera intención, si no le han sido dadas primero la misericordia y la
gracia.
La oración une al alma con
Dios: mediante ella, el alma quiere lo que Dios quiere, y se la capacita para la
gracia. Cuando un alma está tentada, turbada y abandonada a sí misma a causa de
su intranquilidad, es el momento de rezar para hacerse dúctil y maleable
Dios.
5.5 Una
mirada a Dios (SANTA MARÍA MAGDALENA DE PAZZI)
Tenemos que procurar, en
cuanto nos sea posible, tener una constante presencia de Dios en todas nuestras
obras, porque el alma que tiene al Señor presente, especialmente en el misterio
de su Pasión, caerá mucho menos en los defectos habituales y adelantará mucho en
el servicio divino.
En todos los movimientos y
obras, tanto internas como externas, dirigid a Dios una mirada intensa y
amorosa, pidiéndole ayuda y suplicándole que sea Él mismo el que obre, piense y
hable por vosotros.
5.6
La paz del corazón (SANTA
MARGARITA MARÍA DE ALACOQUE)
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5.7 El
silencio (SANTA MARGARITA MARÍA DE ALACOQUE)
Tened los sentidos interiores y exteriores en
el Sagrado Corazón de nuestro Señor, imponiéndoles un profundo silencio:
silencio interior, eliminando pensamientos inútiles y sutilezas del amor propio;
silencio en todo lo que pueda seros materia de alabanza y excusa, de censura y
acusación a los otros; silencio en los ímpetus con que la personalidad pretenda
mostrar alegría o descontento en cosas tristes..., y este silencio será para
honrar el de Jesús solitario en el Santísimo Sacramento. Por este medio
aprenderéis a conversar con su Sagrado Corazón y a amarle en silencio.
5.8
Dios está presente (SANTO
TOMÁS MORO)
Cuánto me gustaría que cualquier cosa que hiciéramos y en cualquier
postura del cuerpo, estuviéramos, al mismo tiempo, elevando constantemente
nuestras mentes a Dios, que esta suerte de oración es la que más le agrada. Poco
importan a dónde se dirijan nuestros pasos si nuestras cabezas están puestas en
el Señor. Ni importa lo mucho que andemos porque nunca nos alejaremos bastante
de Aquél que en todas partes está presente.
Si procuramos no estar en Babia
al dirigirnos a un príncipe sobre algún asunto importante (o con alguno de sus
ministros en posición de cierta influencia), jamás debería entonces ocurrir que
la cabeza se distrajera lo más mínimo mientras hablamos con Dios. No ocurrirá
esto en absoluto si creyéramos con una fe viva y fuerte que estamos en presencia
de Dios. Y Dios no sólo escucha nuestras palabras y mira nuestro rostro y porte
externo como lugares de donde puede colegir nuestro estado interior, sino que
penetra en los rincones más secretos y recónditos del corazón. No ocurriría,
repito, si creyéramos que Dios está presente.
Reza y pide otra vez por lo
mismo. Una vez más añade la misma condición, y de nuevo nos da ejemplo,
mostrando que cuando estamos en gran peligro no podemos pensar que sea
inoportuno pedir urgentemente a Dios que nos procure una salida. Incluso es
posible que permita que seamos llevados a tales dificultades, precisamente
porque el miedo al peligro nos hará ser más fervientes en la oración, cuando
quizás la prosperidad nos había enfriado.
5.9
El tesoro escondido (SAN JUAN DE LA CRUZ)
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Pero todavía dices:
“Si está en mí el que ama mi alma, ¿cómo no le hallo ni le siento?” La
causa es porque está escondido, y tú no te escondes también para hallarle y
sentirle; porque el que ha de hallar una cosa escondida, tan a lo escondido y
hasta lo escondido donde ella está ha de entrar. Como quiera, pues, que tu
Esposo amado es el tesoro escondido en el campo de tu alma, convendrá que para
que tú le halles, olvidando todas tus cosas y alejándote de todas las criaturas,
te escondas en lo interior del espíritu, y, cerrando la puerta tras de ti, ores
a tu Padre en lo escondido (Mt 6,6).
5.10 Sequedad purificadora (SAN JUAN DE
LA CRUZ)
Se conoce la sequedad
purificadora en el no poder ya meditar ni discurrir en el sentido de la
imaginación como se solía, por más que pongamos de nuestra parte. A la sequedad
se añade el tormento del miedo a ir equivocados, pensando que se nos ha acabado
el bien espiritual y nos ha dejado Dios. Si nos empeñamos en obrar como antes
acostumbrábamos, no conseguiremos otra cosa sino turbar la paz que Dios va
poniendo en nosotros.
En estas circunstancias el
alma no debe hacer otra cosa sino tener paciencia y perseverar en la oración sin
hacer ellas nada. Lo que aquí han de hacer es solamente dejar al alma libre y
desembarazada y descansada de todas las noticias y pensamientos, no teniendo
cuidado allí de qué pensarán ni meditarán, contentándose sólo con una
advertencia amorosa y sosegada en Dios y estar sin cuidado, sin eficacia y sin
gana de buscarla o sentirla.
5.11 Recordando a Jesús (SANTA TERESA DE
JESÚS)
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Tenía tan poca habilidad para con el entendimiento
representar cosas, que si no era lo que veía, no me aprovechaba nada de mi
imaginación, como hacen otras personas que pueden hacer representaciones adonde
se recogen. Yo sólo podía pensar en Cristo como hombre. Mas es así que jamás le
pude representar en mí, por más que leía sobre su hermosura y veía imágenes,
sino como quien está ciego o a oscuras, que aunque habla con una persona y ve
que está con ella porque sabe cierta que está allí (digo que entiende y cree que
está allí, mas no la ve), de esta manera me sucedía a mí cuando pensaba en
nuestro Señor. Por esta causa era tan amiga de imágenes. ¡Desventurados de los
que por su culpa pierden este bien! Bien parece que no aman al Señor, porque si
le amaran se alegrarían de ver su retrato, como nos da contento ver el de quien
se quiere bien.
Procuraba lo más que podía traer a Jesucristo, nuestro
bien y Señor, presente dentro de mí, y ésta era mi manera de oración. Si pensaba
en algún paso, le representaba en lo interior; aunque gastaba la mayor parte del
tiempo en leer buenos libros, que era toda mi recreación; porque no me dio Dios
talento de discurrir con el entendimiento ni de aprovecharme con la imaginación,
que la tengo tan torpe, que aun para pensar y representar en mí la humanidad del
Señor, nunca acababa.
Y aunque por esta vía de no poder obrar con el
entendimiento se llega más rápido a la contemplación si se persevera, es muy
trabajoso y penoso. Porque si falta la ocupación de la voluntad y un objeto para
que el amor se ocupe, queda el alma como sin arrimo ni ejercicio, y da gran pena
la soledad y sequedad, y penoso combate los pensamientos.
La memoria e imaginación mucho hacen en desasosegar. El
último remedio que he hallado, después de haberme fatigado muchos años, es lo
que dije en la oración de quietud: que no se haga caso de ella más que de un
loco, sino dejarla con su tema, que sólo Dios se lo puede quitar; y, en fin,
aquí por esclava queda. Esto lo hemos de sufrir con paciencia.
5.12
Acompañando a Cristo (SANTA TERESA DE
JESÚS)
Tenía este modo de
oración: que, como no podía discurrir con el entendimiento, procuraba
representar a Cristo dentro de mí, y me hallaba mejor, a mi parecer, en las
partes adonde le veía más solo. Me parecía que, estando solo y afligido, como
persona necesitada, me había de admitir a mí.
En especial me hallaba muy bien en la oración del
huerto. Allí era donde más le acompañaba. Pensaba en aquel sudor y aflicción que
allí había tenido, si podía. Deseaba limpiarle aquel sudor tan penoso. Mas me
acuerdo que jamás osaba determinarme a hacerlo, por la vergüenza que me
producían mis pecados. Me estaba allí con Él lo más que me dejaban mis
pensamientos, porque eran muchos los que me atormentaban.
Durante muchos años,
cuando para dormir me encomendaba a Dios, siempre pensaba un poco en este paso
de la oración del huerto, aun desde que no era monja, porque me dijeron que así
se ganaban muchos perdones. Y tengo para mí que por aquí ganó mucho mi alma,
porque comencé a tener oración sin saber qué era, y ya la costumbre tan
ordinaria me hacía no dejar esto, como el no dejar de santiguarme para dormir.
5.13 Recogiendo el alma (SAN PEDRO DE ALCÁNTARA)
El recogimiento es cuando, mortificados los sentidos y
acallado el entendimiento, se recoge el alma dentro de sí misma y se ejercita en
amar a Dios. Se llama recogimiento porque cierra el alma a todos los sentidos y
potencias, a todo lo que no es Dios, y entonces está el alma en silencio y obra
en soledad, procurando no admitir en aquel tiempo ni un punto de pensamiento de
cosa alguna sino solamente la memoria que se acuerda del Señor y la voluntad que
está empleada en amar.
Y para llegar a esto es necesario que primero se recoja
el alma desechando todas las imaginaciones, y sin pensar nada considere que está
en la presencia de nuestro Señor y levante su entendimiento a Él, considerando
que le está mirando, como si lo tuviese presente corporalmente, y procurando no
pensar nada, tenga silencio interior, mortifique los sentidos, acalle el
entendimiento, serene la memoria,
fijándola en nuestro Señor, considerando que está en su presencia, no
especulando por entonces cosas particulares de Dios.
En este punto hemos de contentarnos solamente con el
conocimiento que de Él tenemos por la luz de la fe. Y dejémonos llevar por el
amor, pues éste sólo lo abraza y en Él está el fruto de toda la meditación. Es
preciso que el alma se meta dentro de sí misma, en su centro, donde está la
imagen de Dios, procurando no acordarnos de otra cosa sino de Él. Estemos
atentos a Él, pues lo tenemos dentro de nuestro corazón.
5.14 El vaso vacío
(SANTA JUANA CHANTAL)
A menudo ocurre que, cuando pensamos tener luz y
gracia, no las tenemos, y cuando menos lo pensamos es cuando las tenemos; es
porque en vano nos preocupamos de buscar luces en la oración cuando no las
tenemos; la operación del Espíritu Santo en el alma es toda interior y a menudo
desconocida para ella misma.
Cuando se hace oración, hay que ponerse como un vaso
vacío delante de Dios, a fin de que destile en Él su gracia, poco a poco, según
su santa voluntad, y quedarnos casi tan contentos cuando nos volvemos con el
vaso vacío como si hubiera estado lleno hasta el borde.
Al fin ocurrirá que Dios destilará en Él esa agua
divina, si nos presentamos a menudo con esa sed viva y ese completo desinterés
de lo que se pueda desear de Él, pues con frecuencia creemos volvernos de vacío,
cuando la realidad es que estamos llenos del espíritu de Dios, si bien lo
ignoramos.
Nunca se ve crecer a los árboles ni a los niños, aun
cuando los estuviéramos mirando de la mañana a la noche; pero nos quedamos
después asombrados al ver lo que han crecido. Eso mismo ocurre con las almas:
van adelantando en el camino de Dios, aunque ellas no lo advierten, con tal que
sean fieles en corresponder a las luces y atractivos de la gracia.
5.15 La sencillez con
Dios (SANTA JUANA
CHANTAL)
Un buen método para la oración es la sencillez con
Dios, pues por ese camino el alma se conforma y se hace semejante a su Dios, que
es espíritu fuerte, puro y muy sencillo. ¡Bienaventuradas las almas que se dejan
conducir por el atractivo de Dios, siguiéndole con sencillez de corazón,
eliminando de su espíritu toda curiosidad y todo deseo de mirarse a sí mismas,
siguiendo simple y fielmente la sencillez de su atractivo!
El que no busca las suavidades de la oración, no se da
cuenta cuando no encuentra en ella dulzura y suavidad. Cuando una persona va a
algún lugar sin pretensiones de encontrar allí algo, aunque lo encuentre, ni
siquiera piensa en ello; y si nada encuentra no se preocupa, porque nada
buscaba; así pues, vayamos a la oración no para buscar gustos, no para recibir
allí consuelos, sino para mantenernos en gran reverencia y abatimiento delante
de Dios; para derramar nuestra miseria ante su misericordia y estar, a pesar de
todas nuestras distracciones, en su santa presencia, no queriendo ni buscando
más que su beneplácito y santa voluntad.
Por tanto, no busquéis gustos y consuelos en la
oración, sino a la Nuestro Señor y su santa voluntad, que no se encuentra menos
en las distracciones involuntarias que en las suavidades y consuelos.
5.16
El príncipe y el mendigo (SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO)
Si somos pobres, no
nos quejemos de nosotros mismos, pues lo somos porque nos empeñamos en ello, de
ahí que no merezcamos compasión. ¿Qué compasión puede merecer un mendigo que,
teniendo un señor sobradamente rico que desea otorgarle cuanto le pida, nada le
pide, prefiriendo quedar en su pobreza antes de pedir al señor lo que le es tan
necesario?
Si alguno pidiera al
rey una moneda de poco valor parecería burlarse de Él; al contrario, honramos la
misericordia de Dios y su liberalidad cuando le pedimos que nos conceda gracias
grandes, fiados en su bondad y en la fidelidad con que ha de cumplir aquella
promesa suya de concedernos cualquier cosa que le pidamos: «Cualquier cosa que deseéis, pedirla y se os
concederá».
Debemos hacer como
hacen los mendigos: éstos, si no alcanzan la limosna que buscan, no cesan de
importunar y volver a pedir. Y si no aparece el dueño de la casa siguen
golpeando la puerta, haciéndose muy molestos e inoportunos. Esto quiere Dios que
hagamos: roguemos y volvamos a rogar, y no dejemos de rogar para que nos asista,
nos socorra, nos ilumine, nos esfuerce y no permita que jamás perdamos su
gracia.
5.17
Una cuestión de confianza (SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO)
La oración del
humilde lo alcanza todo de Dios, pero no olvidemos que no sólo es útil, sino
también necesaria para salvarnos: sin el auxilio de la divina gracia es
imposible alcanzar la salvación, y este auxilio Dios solamente lo concede al que
se lo pide. El Señor nos quiere dispensar sus gracias, pero quiere que se las
pidamos, y hasta quiere ser importunado y como forzado por nuestros ruegos. En
efecto, siendo Dios bondad infinita que suspira por comunicarse, tiene un
infinito deseo de comunicarse a los demás, pero quiere que le pidamos esos
bienes, y cuando se ve importunado por un alma, es tanto el gozo que recibe, que
en cierto modo le queda obligado.
Cuando encomendemos
a Dios nuestras necesidades, es necesario que tengamos confianza cierta de ser
escuchados y de que alcanzaremos cuanto pedimos. Es palabra de Jesucristo: «Todo cuanto roguéis y pidáis, creed
que lo habéis recibido, y lo alcanzaréis». ¿Cuándo se ha dado el caso de que
alguno haya confiado en el Señor y se haya perdido?
Según sea nuestra
confianza, así serán las gracias que recibamos de Dios. ¿Cómo podemos dudar de
ser escuchados cuando Dios, que es la misma verdad, promete que nos concederá lo
que pidamos por medio de la oración? Que Dios escucha a quien le ruega es verdad
cierta e infalible, como es infalible que Dios no puede faltar a sus
promesas.
5.18
Luz en la noche (SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO)
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Es necesario
persuadirse de que el amor de Dios y la perfección no consiste en experimentar
ternuras y consuelos, sino en vencer el amor propio y cumplir la divina
voluntad. Cuando se goza de consuelos espirituales no se precisa gran virtud
para dar de mano a los gustos sensibles y sobrellevar las afrentas y
contrariedades. En medio de estas dulzuras, el alma lo soporta todo; pero esta
fuerza más bien proviene de las caricias que Dios le prodiga que del verdadero
amor de Dios. De ahí que el Señor, para afianzarla más en la virtud, le retire y
le quite las dulzuras sensibles, con el fin de desprenderla del amor propio, que
de tales golosinas se alimentaba.
5.19 El amigo en casa (SANTA TERESA DE LOS
ANDES)
Cuando tenemos un amigo en nuestra casa, no lo dejamos
solo, sino que, si estamos muy ocupados, tratamos de irle a hablar de vez en
cuando. Así lo harás con Jesús. Antes de principiar cualquiera obra le dirás que
se la ofreces a Él, sólo por amor, no con intención de que las criaturas te
vean, sino para servirle y porque le amas. Después lo adorarás, le dirás que lo
amas, que te perdone tus faltas y en seguida obrarás junto con Él como si
estuvieras en Nazaret. Así vivirás con Dios y podrás hablarle sin que nadie lo
sepa. Al principio te costará recogerte, pero después será habitual en ti estar
con Dios.
5.20 El vuelo del alma
(CURA DE ARS)
La oración es a nuestra alma
lo que la lluvia a la tierra. Abonad una tierra todo lo que queráis: si falta la
lluvia, de nada servirá cuanto hagáis.
Los que no rezan se inclinan
hacia la tierra, como un topo que hace un agujero en la tierra para esconderse.
Son terrestres, atontados, y no piensan más que en las cosas del
tiempo.
El alma que reza poco es como
esas aves de corral que, aunque tienen grandes alas, no saben volar. Quien no
reza es como las gallinas o los pavos, que no pueden alzar el vuelo. Si echan a
volar, su vuelo dura muy poco y enseguida caen al suelo; les gusta escarbar en
la tierra, hunden en ella sus garras y se la echan encima, como si sólo
encontraran placer en eso.
5.21 Abriendo
el corazón (CURA DE ARS)
Para rezar bien no es preciso hablar mucho.
Sabemos que el buen Dios está allí, en el tabernáculo santo; uno le abre su
corazón y se complace en su santa presencia. Ésa es la mejor
oración.
Cuando se reza, hay que abrir
el corazón a Dios, como el pez que estando en tierra seca ve llegar una
ola.
Desgraciadamente, no tenemos
el corazón lo suficientemente libre ni puro de toda afección
terrestre.
Toma una esponja seca limpia y
empápala en licor: se llenará hasta que se vierta; pero, si no está seca y
limpia, no se llenará nada. Asimismo, cuando el corazón no está libre y
desprendido de las cosas de la tierra, por mucho que lo empapemos en la oración,
no sacará nada de ella.
5.22
Un impulso del corazón
(SANTA TERESA DE LISIEUX)
Dios nunca se
cansa de escucharme cuando le cuento con toda sencillez mis penas y mis
alegrías, como si Él no las conociese.
Para mí, la oración es un impulso del corazón, una
simple mirada dirigida al cielo, un grito de agradecimiento y de amor, tanto en
medio del sufrimiento como en medio de la alegría. En una palabra, es algo
grande, algo sobrenatural, que me dilata el alma y me une a Jesús.
Muchas veces, sólo el silencio es capaz de
expresar mi oración, pero el huésped divino del sagrario lo comprende todo, aun
el silencio del alma de una hija que está llena de gratitud.
La oración y el sacrificio
constituyen toda mi fuerza y son las armas invencibles que Jesús me ha dado.
Ellas pueden, mucho mejor que las palabras, mover los corazones. Muchas veces lo
he comprobado.
5.23 Visión de
Cristo (SANTA GEMA GALGANI)
No veo a Jesús con los ojos
del cuerpo, pero lo distingo claramente porque me hace caer en un dulce
abandono, y en Él le reconozco.
Cuando veo a Jesús y lo
siento, no veo ni belleza ni figura corporal, ni sonidos dulces, ni cantos
suaves. Veo (no con los ojos) una luz y un bien inmenso, una luz infinita que no
puede ser vista por los ojos mortales, una voz que nadie puede oír: no es voz
articulada, pero es más fuerte y se deja sentir a mi espíritu mejor que si la
oyera en palabras que se pronuncian.
Me siento como fuera de mí, no
sé dónde me encuentro. Cuando me hallo en la plenitud de esta dulzura, me olvido
enteramente del mundo, y siento que mi entendimiento está lleno, que no tiene
más que desear. El corazón ya no busca nada, porque tiene consigo un bien
inmenso, un bien infinito, que con nada admite comparación, un bien sin medida y
sin defecto. Jesús me satisface plenamente.
Al ponerme a meditar no
necesito fatigarme nada: mi alma se siente enseguida sumergida en el mar de los
inmensos beneficios de Dios, perdiéndose ahora en un punto, ahora en otro. Lo
primero que hago es hacer reflexionar a mi alma sobre cómo ha sido creada a
imagen de Dios, y, por consiguiente, que sólo para Él debe vivir, mirándole como
a fin suyo. En esos momentos, parece como si mi alma volase con Dios y perdiera
la pesadez del cuerpo.
De su delante de Jesús me
pierdo en Él. Cuanto más pienso en Él, tanto más amable y dulce lo reconozco.
Como Jesús se muestra conmigo, así debo yo mostrarme con Él: humilde, mansa,
etc. A veces me parece ver a Jesús como una luz divina y un sol de claridad
eterna.
Donde mayormente me pierdo es
en la sustancia (o sea contemplación de la naturaleza divina) de Jesús. Creo que
es una sustancia mejor y mayor que cuanto existe. Entre los bienes lo reconozco
como el sumo. Y siendo Jesús perfecto, en Él lo encuentro todo. Me pierdo en su
bondad, y mi mente vuela casi siempre al paraíso. Termino rogando a Jesús que
acreciente en mí su amor para que se perfeccione luego en el
cielo.
5.24 La
escala de Jacob (SANTA EDITH
STEIN)
La oración es el trato del
alma con Dios. Dios es amor, y amor es bondad que se regala a sí misma, una
plenitud existencial que no se encierra en sí, sino que se derrama, que quiere
regalarse y hacer feliz. A ese desbordante amor de Dios debe toda la creación su
ser.
La oración es la hazaña más sublime de la cual es capaz
de espíritu humano. Es como la escala de Jacob, por la que el espíritu humano
trepa hacia Dios y la gracia de Dios desciende a los hombres.
Por eso te encargo muy especialmente que hagas
meditación. Consiste en mirar a nuestro Señor cuando andaba aquí en la tierra, y
ver cómo obraba y obrar nosotros conforme a Él. Hay otro modo de oración que
encuentro más sencillo: hablar con nuestro Señor como quien habla con un amigo,
pedirle sus consejos, prometerle que no le ofenderás, decirle que lo amas,
etc... Fija el tiempo de oración, ya sean diez minutos o quince minutos, como
quieras. Pero represéntate siempre a nuestro Señor allí en tu alma; lo mismo
cuando comulgues.
5.25 La enemiga de la oración (PADRE
PÍO)
Si vuestro espíritu no se
concentra, vuestro corazón esta vacío de amor. Cuando se busca, sea lo que sea,
con avidez y prisa, puede uno tocar cientos de veces el objeto sin ni siquiera
darse cuenta. La ansiedad vana e inútil os fatigará espiritualmente, y vuestro
espíritu no podrá dominar su objeto. Hay que liberarse de toda ansiedad, porque
ella es la peor enemiga de la devoción sincera y auténtica. Y esto
principalmente cuando se ora. Recordad que la gracia y el gusto de la oración no
provienen de la tierra, sino del cielo, y que es en vano utilizar una fuerza que
sólo podría perjudicaros.
Practicad con
perseverancia la meditación a pequeños pasos, hasta que tengáis piernas fuertes,
o más bien alas. Tal como el huevo puesto en la colmena se transforma, a su
debido tiempo, en una abeja, industriosa obrera de la miel.
5.26 En la
corte del Rey (PADRE PÍO)
¿No son muchos los
cortesanos que van y vienen continuamente ante el Rey, no para hablarle o
escucharle, sino simplemente para que los vea y los reconozca como sus
verdaderos servidores? Esta manera de estar en la presencia de Dios, sólo para
manifestarle, con nuestra asiduidad, que somos sus siervos, es de extraordinaria
perfección.
Si puedes hablar al Señor,
háblale, alábale, escúchale. Si, por sentirte principiante en los caminos del
espíritu, no te atreves a hablarle, no te disgustes: entra, a la manera de un
cortesano, en la cámara regia, y reverénciale. Él, viéndote, agradecerá tu
presencia, tu silencio, y otra vez te consolará, tomará tu mano, saldrá contigo
a pasear por su jardín de oración. En el caso de que esto no sucediese jamás,
cosa imposible, pues el corazón de Padre tan amoroso no será capaz de dejar a su
criatura en perpetua vacilación, conténtate. Nuestro deber, considerando el
honor y la gracia que nos hace tolerándonos en su presencia, es seguirle. De
esta manera no te angustiarás por hablarle, pues solamente el estar a su lado es
ya una gracia, aunque no satisfaga plenamente nuestros anhelos. Cuando, por
tanto, te encuentres ante Dios en la oración, considera tu verdad, háblale si
puedes, y si no, quédate allí, hazte ver y no te angusties.
5.27 Un método para orar (PADRE PÍO)
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Luego iniciaréis la
meditación. Acabada ésta, se pasa a los propósitos, buscando la enmienda de
aquellos defectos que más os impiden la unión con Dios.
Después debéis pedir a Dios
las gracias y auxilios que más necesitáis. Encomendad al Señor a todos los
hombres, en general y en particular. Rogad por el establecimiento del reino de
Dios, por la propagación de la fe, por la exaltación y el triunfo de la Iglesia.
Rogad especialmente por la conversión de los pecadores.
Hecho esto, ofreced vuestra
oración a Dios en unión con los méritos de Jesús y María.
* * *
Pensamientos
5.28 Reza, espera y no te preocupes. La
preocupación es inútil. Dios es misericordioso y escuchará tu oración. (Padre
Pío)
5.29 La oración da un corazón transparente.
Y un corazón transparente puede ver a Dios. (Madre Teresa de
Calcuta)
5.30
En la vida oculta y silenciosa se realiza la obra de la redención.
En el diálogo silencioso del corazón con Dios se preparan las piedras vivas con
las que va creciendo el Reino de Dios y se forjan los instrumentos selectos que
promueven su construcción. (Edith Stein)
5.31 No
hay cosa que purifique más el entendimiento de ignorancias y la voluntad de
afectos desordenados que la oración.
(san Francisco de Sales)
5.32 La oración es la mejor arma que
tenemos: es la llave que abre el corazón de Dios. Debes hablarle a Jesús, no
sólo con tus labios, sino con tu corazón. En realidad, en algunas ocasiones
debes hablarle sólo con el corazón.
(Padre Pío)
5.33 La oración y el sacrificio
constituyen toda mi fuerza y son las armas invencibles que Jesús me ha dado.
Ellas pueden, mucho mejor que las palabras, mover los corazones. (santa Teresa de Lisieux)
5.34 Todos los santos comenzaron su conversión
por la oración y por ella perseveraron; y todos los condenados se perdieron por
su negligencia en la oración. Digo, pues, que la oración nos es absolutamente
necesaria para perseverar. (Cura de Ars)
5.35 Cuando
hablamos a Jesús con simplicidad y con todo nuestro corazón, Él hace lo que una
madre, que toma en sus manos la cabeza de su hijito y la cubre de besos y de
caricias. (Cura de Ars)
5.36 La aplicación a la presencia de Dios
por simple atención consiste en estar delante de Dios por medio de una simple
mirada interior de fe de su divina presencia y en permanecer así algún tiempo,
ya sea medio cuarto de hora, ya sea un cuarto, más o menos, según se sintiere
uno ocupado y atraído interiormente. (san Juan Bautista de
La Salle)
5.37 La súplica del alma humilde penetra
los cielos y, presentándose delante del trono divino, no se aparta de allí sin
que Dios la escuche y la atienda. Aunque esta alma haya cometido los pecados que
se quiera, Dios no sabe despreciar un corazón que se humilla, porque «Dios
resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes».(san Alfonso Mª de
Ligorio)
5.38
Hijos míos, vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata
y lo hace capaz de amar a Dios. La oración es una degustación anticipada del
cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. Nunca nos deja sin
dulzura; es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo. (Cura de Ars)
5.39 No hay que menester alas para ir a buscar
a Dios, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí. (santa Teresa de Jesús)
5.40 Para mí la
oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada al cielo, un grito de
agradecimiento y de amor en las penas como en las alegrías. (santa Teresa de
Lisieux)
5.41 Las plegarias
de los santos en el cielo y de los justos en la tierra son cual perfume de
duración eterna. (Padre Pío)
5.42 ¿Cómo conseguiréis vencer las
distracciones en la oración? Pensando seriamente en que Dios os está mirando. (san Basilio)
5.43
Con la oración y el sacrificio se prepara la acción. (san Juan
Bosco)
5.44 Cuando se ama, se desea hablar constantemente con el amado, o al
menos contemplarlo incesantemente. En eso consiste la oración. (Charles de
Foucauld)
5.45
Dios da la oración a
quien reza. (san Juan Clímaco)
5.46 En medio de
las peores enfermedades puede hacerse la mejor oración. (santa Teresa de
Jesús)
5.47 La oración es el primer
alimento del espíritu, como el pan es el alimento para el cuerpo. (san Juan
Bosco)
5.48 Mientras estáis trabajando, en las
conversaciones y en diversión, elevad alguna vez la mente al Señor ofreciéndole
esas acciones. (san Juan Bosco)
5.49 No cesa de orar quien no cesa de bien
obrar... El afecto de la caridad equivale a una oración continua. (santa Catalina de
Siena)
5.50 El hombre tiene un hermoso deber y
obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este
mundo. (Cura de Ars)
5.51 Oración es tratar de amistad estando
muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama. (santa Teresa de Ávila)
5.52
Dios está con nosotros con toda la Trinidad. Si en el fondo del
corazón construimos una celda bien protegida en la que retirarnos lo más a
menudo posible, no nos faltará nada en cualquier situación que nos
encontremos. (Edith Stein)
5.53 Nuestro trabajo es nuestra oración, porque lo
realizamos por Jesús, en Jesús y con miras a Jesús. (Madre Teresa de Calcuta)
5.54 Mi secreto es muy sencillo:
oro. Orar a Cristo es amarlo. Orar
no es pedir. Orar es ponerse en manos de Dios, a su disposición, y escuchar su
voz en lo profundo de nuestros corazones. Con frecuencia, una mirada ferviente, confiada,
profunda a Cristo puede transformarse en la más encendida oración. Yo lo miro;
Él me mira: no hay oración mejor. (Madre Teresa de Calcuta)
5.55 Más estima Dios en ti el inclinarte a la
sequedad y al padecer por su amor, que todas las consolaciones, visiones y
meditaciones que puedas tener. (san Juan de la Cruz)
5.56
Con frecuencia pienso que, cuando venimos a adorar a nuestro Señor,
conseguiríamos todo lo que quisiéramos, con tal de pedirle con fe viva y un
corazón puro. (Cura de Ars)
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sábado, 16 de fevereiro de 2013
ORAR CON LA PALAVRA DE LOS SANTOS
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